Un día más me dirigía paseando hacía el gabinete, menos mal que de momento no hacía excesivo calor, pues sino por experiencia sé que hubiera sido una caminata de 27 minutos muy pesada. No era lo más frecuente, pero de vez en cuando mi compañera podía venir a recogerme con su viejo coche, e íbamos las dos al despacho. Digo que no era lo más corriente por que los días que no pasaba a por mí probablemente eran por que el coche no le había arrancado, el pobre estaba ya para retirarlo a algún desguace de Pontevedra.
Cuando llegué al despacho, me senté en mi escritorio y puse en marcha el ordenador como de costumbre. A los pocos minutos llegó mi amiga, y no pude ni preguntarle, su cara, su gesto y su estado de ansiedad ya lo decían todo; un día más el coche viejo le había dejado tirada. Pero cuando se sentó en su sitio me miró y pude notar también cierto entusiasmo que no podía llegar a entender, ya que en realidad lo que debería estar es un poco harta de que se repitiese la misma situación una y otra vez.
Quise saber que era lo que ocurría y qué le hacía estar tan sonriente en lugar de enojada, le pregunté y fue entonces cuando me dio la gran noticia. A última hora de la mañana sacaría del concesionario su coche nuevo, y se llevarían el viejo al desguace. Me alegré muchísimo por ella, y porque no decirlo, por mi más todabía. Se me terminaron los interminables caminos sola de mi casa al trabajo. Ella estuvo impaciente hasta que llegó la hora de marcharse, yo lo estaría hasta las 19:30 ya que casi todos los días solía comer en el comedor del trabajo o en algún bar cercano.
Cuando finalicé de comer subí de nuevo a la oficina y mi amiga ya había vuelto, me saludó y me invitó a mirar por el ventanuco para que viese la apariencia de su nuevo coche. La verdad es que desde el piso 9 y con más de 35 coches que allí habían estacionados me era casi imposible identificar al novato. Ella me ayudó y de inmediato vi que era un vistoso Opel Astra de color negro brillante. Me sonrío y me dijo que ya nunca más me iría andando a casa.
Al terminar el trabajo bajamos todos los trabajadores a la zona habilitada para el aparcamiento, la verdad es que éramos pocos los que no disponiamos de coche propio. Me encaminé hacia la zona dónde estaba estacionado el coche nuevo de mi amiga y ella pulsó el mando que abría sus puertas, pero no debió ser ella sola la que lo hizo en ese instante ya que todos los coches comenzaron a iluminarse y a pitar saludando a sus dueños con su beep beep. Bordee el coche para abrir la puerta del copiloto, y me senté fascinada en el asiento. Pero más asombrada aún me miraba mi compañera desde fuera, y todavía no me di cuenta del por que, hasta que se me ocurrió mirar a mi alrededor. Me vi sentada al lado de Miguel, otro de los compañeros de trabajo de la oficina.
Quise que me absorbiera la tierra, derretirme en el suelo, hacerme transparente, cualquier cosa antes que lo que me había sucedido. Me había equivocado de coche y mi amiga, mi otro compañero y algunos otros que también se habían percatado al escuchar las carcajadas, me observaban con asombro y cierta vergüenza ajena, y la verdad no era para menos. Con tantos coches parecidos será cuestión de ir aprendiéndome la matrícula, o de hacerme con mi propio coche.